lunes, 23 de febrero de 2015

Mantente firme mientras estás ocupándote de tu propia reconstrucción. No quieras abarcar al mismo tiempo la búsqueda de la solución y su aplicación. Date tiempo para asentar las nuevas ideas y para que vayan cayendo las viejas. No tengas prisa por sanar, pues nadie más que tú está esperándote al final del camino. No te sientas presionado en este viaje personal, pues cada uno trabaja a su propio ritmo, y éste es el mío y aquel el del vecino. Disfruta de la amistad, de la alegría, de la risa, de la tristeza, del llanto, pues todo ello es positivo si del movimiento brota.

Ya sé que te gustaría fulminar esos miedos en este mismo momento, que quisieras hacerte cristalino a ti mismo para saber, de inmediato, qué camino tomar. Sé que si pudieras pondrías en balanzas todos tus anhelos y miedos, para ver si pesan más estos o aquellos y cuáles más de entre aquellos y estos. Te gustaría volver a tener la claridad del niño, que ve las cosas multicolores y sabe bien ante qué colores quiere arrodillarse y a cuáles darle la espalda. Te encantaría poder todo esto, rápidamente, pero aunque se empeñen en hacernos la vida más cómoda con esa inmediatez que carga el diablo, no hay para los asuntos del espíritu catalizador posible. Acaso sean las del espíritu las reacciones químicas más especiales que existan, aunque nadie más que uno sea testigo de ellas.

A causa de tu orgullo o de la necesidad no quieras volver a darte de cabezazos contra el muro. Él es el problema, pero no lo trates como si fuera un enemigo, trátalo más bien como aquel viejo lobo de mar que, entablando diálogo con aquel pez enorme que quería pescar, supo hacernos ver la importancia de una voluntad férrea y de la paciencia y la fuerza en que se asienta aquella. Aquel pez era un medio de perfeccionamiento de sí mismo, y gracias a él el viejo pudo hacer más tangible su ya palpable entereza. Al final del camino ha de darnos la sensación de que la virtud se ha transformado al fin en un objeto, de que se ha convertido en algo acerca de lo que podemos decir, con plena claridad y verdadera alma en la dicción, “¡he aquí mi obra!”

miércoles, 12 de noviembre de 2014

El viajero

Una vez un hombre no llegó a tiempo para coger el autobús que había de llevarle a su destino. Corrió tras él, pero el conductor no vio cómo corría, con qué desesperación se movía, así que no tenía por qué detenerse. El hombre observó al bus alejarse, se lamentó exactamente durante siete segundos cuando hubo procesado lo que acababa de ocurrirle, y enseguida miró cuánto tardaba en llegar el siguiente. Un hombre perdió su autobús, y la consecuencia de ello fue que llegó siete minutos tarde a su lugar de trabajo.

Una cosa diré en favor de nuestro héroe: él quiso de corazón olvidar cuanto antes el asunto del autobús perdido. Puso en la tarea gran aplomo, diríase que incluso inclinó su cuerpo, como queriendo aportarle más peso a la palanca que había de accionar el mecanismo de trasposición. Con suma higiene, con una asepsia digna de quirófano, realizó con éxito la maniobra de su conciencia: supo cambiarla de sitio con gracia y sin esfuerzo, tan convencido estaba de que podía aspirar con tranquilidad a tomar el siguiente autobús. Este llegó al fin. Subió a él, transcurrieron veintidós minutos, se bajó en su parada, y felizmente llegó a su lugar de trabajo, donde comenzó a desempeñar las funciones que tenía asignadas para ese día.

Después de ocho horas de actividad moderada, Monroe, nuestro héroe, salió de su lugar de trabajo, es decir, estaba listo para realizar una nueva trasposición de la conciencia. Echó mano de su memoria, donde advirtió que dentro de veinte minutos había de estar en otro lugar diferente de aquel en el que estaba. Y allí la vio: bien dispuesta, aseada, robusta y diligente, así encontró a su conciencia cuando hubo de suceder la nueva maniobra, la que consistía en cambiar su objeto o, más bien, aquella por la cual esta entidad invisible había de desplazarse, como si nuestro mundo interior fuese una extensa llanura y todos los caminos a todos los lugares que en ella existen estuviesen bendecidos por la brisa, el sonido de un arroyuelo, el trino de los pájaros y las risas de unos niños que, aun sin vérseles por ninguna parte, pareciera que estuvieran presentes en toda la extensión, bien arraigados al suelo y traduciendo a carcajadas los mensajes alegres que la tierra les iba transmitiendo a través de sus piececitos. Tal era el paisaje que nuestra invitada había de recorrer, ¿cómo no iba a encontrarse bien dispuesta para ello? Con esta condición en su ánimo partió Monroe hacia su nuevo destino, y me atrevería a decir que no la perdió ni un solo día durante el resto de su vida.

jueves, 23 de enero de 2014

Movimiento

Para que la Vida nos sea lo más agradable posible, es imprescindible que esta se parezca a una novela, ¿y qué es lo que hace que una novela sea tal? La acción con sentido y en un determinado contexto, de manera que esta pueda ser contada con dinamismo y gracia. La reflexión queda subordinada a las demandas de la Vida, y siempre sobre ese telón de fondo que consta de un gran número de acciones y deseos sostenidos por sus personajes. Una vida que no contemple estos elementos, que tan solo contemple una gran cantidad de reflexión como principal motor, no se asemeja a una novela sino, más bien, a un gigantesco e insoportable aforismo.

domingo, 21 de abril de 2013

Oda a la Vida

¡Oh Vida! ¿Cuál es ese pensamiento único, primitivo, que hace que todas las cosas se estabilicen dentro de mí?
¡Oh Vida! ¿Cuál es ese pensamiento vigoroso, sólido, que hace que mis emociones sean acordes a la experiencia que yo vivo?
¡Oh Vida! ¿Cuál es la fórmula que me permitiría salir a tu encuentro inocentemente, e intercambiar contigo miradas igualmente inocentes?
¡Oh Vida! ¿Cuál es tu sencillez? ¿Dónde se encuentra tu eterno reírte de ti misma? ¿Dónde está la clave de tu ingravidez para los problemas que te acaecen a través de mí? ¿Cómo podría yo volar por tu superficie más que rica?
¡Oh Vida! Omniabarcante eres, pues no hay nada fuera de ti, ¿cómo podría yo comprender de una vez por todas la leche que mana de tu seno?
¡Oh Vida! ¡Estoy tan dentro y a la vez tan fuera de ti!

viernes, 31 de agosto de 2012

Ventanas

Desde hace años ansío que mi ser viva lo más cerca posible de mi piel. Nuestra piel es un muro lleno de ventanas, a través de las cuales el ser y la Vida intercambian miradas. La Vida arroja piedrecitas a estas ventanas cutáneas, sin más intención que la de llamar la atención, pues quiere ser atendida. Pero el ser es miedoso. Se oculta en el estómago, en el hígado, tras cualquier cortina orgánica que le ofrezca un buen tejido opaco. Su lugar favorito es el cerebro, su escondite perfecto. Allí se pone a juguetear con las ideas, las cuales discurren acerca de la Vida, de cómo podrían organizarse para producir una sensación de bienestar, y de qué significado hay en esas piedrecitas. Pasan las horas muertas en el cerebro, mientras que más allá de la piel van sucediéndose, unas tras otras, las horas vivas.

jueves, 28 de junio de 2012

Asimilar

La capacidad de asimilación es variable. Ante un hecho doloroso, dicha capacidad es siempre un continuo, un estar siempre latente pero con diferencias en la intensidad con que actúa. Ante un mismo hecho uno puede sentir que ya se ha superado el problema en sí, incluso sus consecuencias, como si de repente perdiera gran parte de su relevancia y ello no nos condicionara a sentir de tal o cual manera, como si uno ya pudiera volver a vivir con fluidez. Contrariamente, y dentro de la continua influencia que ejerce en nosotros, se puede experimentar cómo el problema y sus efectos vuelven a ganar fuerza: de nuevo nos provocan angustias de vértigo, otra vez nos confunden y, como suele ocurrir con muchos estados mentales, tampoco para ello hallamos una explicación que nos tranquilice y haga decrecer la sensación de estar siendo arrastrado al antojo de algo que no controlamos. Una vez más el subsuelo esconde secretos que si llegásemos a averiguar y concretar nos facilitarían el vivir mismo.

    Nudo

    La tensión de las fuerzas internas, si no va siendo liberada periódicamente (ya sea en forma de deseos o de acciones), tiende a anudarse con su respectiva consecuencia fisiológica. En tal situación de petrificación, de sensación de espíritu ya esculpido de una vez por siempre, los pensamientos se arremolinan con agresividad, y se es más susceptible de que uno de ellos quede incrustado obsesivamente en nuestra imaginación. Unos a otros van sucediéndose de una manera fatal, como si su contenido supusiera una especie de final, de muerte.