miércoles, 12 de noviembre de 2014

El viajero

Una vez un hombre no llegó a tiempo para coger el autobús que había de llevarle a su destino. Corrió tras él, pero el conductor no vio cómo corría, con qué desesperación se movía, así que no tenía por qué detenerse. El hombre observó al bus alejarse, se lamentó exactamente durante siete segundos cuando hubo procesado lo que acababa de ocurrirle, y enseguida miró cuánto tardaba en llegar el siguiente. Un hombre perdió su autobús, y la consecuencia de ello fue que llegó siete minutos tarde a su lugar de trabajo.

Una cosa diré en favor de nuestro héroe: él quiso de corazón olvidar cuanto antes el asunto del autobús perdido. Puso en la tarea gran aplomo, diríase que incluso inclinó su cuerpo, como queriendo aportarle más peso a la palanca que había de accionar el mecanismo de trasposición. Con suma higiene, con una asepsia digna de quirófano, realizó con éxito la maniobra de su conciencia: supo cambiarla de sitio con gracia y sin esfuerzo, tan convencido estaba de que podía aspirar con tranquilidad a tomar el siguiente autobús. Este llegó al fin. Subió a él, transcurrieron veintidós minutos, se bajó en su parada, y felizmente llegó a su lugar de trabajo, donde comenzó a desempeñar las funciones que tenía asignadas para ese día.

Después de ocho horas de actividad moderada, Monroe, nuestro héroe, salió de su lugar de trabajo, es decir, estaba listo para realizar una nueva trasposición de la conciencia. Echó mano de su memoria, donde advirtió que dentro de veinte minutos había de estar en otro lugar diferente de aquel en el que estaba. Y allí la vio: bien dispuesta, aseada, robusta y diligente, así encontró a su conciencia cuando hubo de suceder la nueva maniobra, la que consistía en cambiar su objeto o, más bien, aquella por la cual esta entidad invisible había de desplazarse, como si nuestro mundo interior fuese una extensa llanura y todos los caminos a todos los lugares que en ella existen estuviesen bendecidos por la brisa, el sonido de un arroyuelo, el trino de los pájaros y las risas de unos niños que, aun sin vérseles por ninguna parte, pareciera que estuvieran presentes en toda la extensión, bien arraigados al suelo y traduciendo a carcajadas los mensajes alegres que la tierra les iba transmitiendo a través de sus piececitos. Tal era el paisaje que nuestra invitada había de recorrer, ¿cómo no iba a encontrarse bien dispuesta para ello? Con esta condición en su ánimo partió Monroe hacia su nuevo destino, y me atrevería a decir que no la perdió ni un solo día durante el resto de su vida.

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